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Ensayo sobre la lucidez |
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Rating:  Summary: Reflexión sobre la democracia Review: Es domingo de votaciones en la capital pero durante las primeras horas no llegan los electores a las casillas, cae una tormenta, las autoridades explican el abstencionismo por las condiciones atmosféricas, así que deciden repetir la jornada electoral. El nuevo día de las elecciones el clima es perfecto, los ciudadanos acuden a las urnas y votan, es más de medianoche cuando termina el escrutinio de las boletas, el recuento de los votos se transforma en el recuento de los daños, los votos válidos no llegan al veinte por ciento (8 para el partido de la derecha, 8 para el partido del medio y 1 para el partido de la izquierda), cero votos nulos, cero abstenciones y ochenta y tres por ciento de votos en blanco, cunde el desconcierto, la estupefacción, ahora el gobierno debe interpretar la decisión ciudadana, ¿cómo?, ¿cómo se responde a una mayoría que decide ejercer su derecho dejando la boleta en blanco?, simple en la lógica del gobierno, se reprende a la capital con la indeferencia de las autoridades y tras un breve lapso en que se comprueba que no basta, se castiga con el abandono, se condena a los habitantes a quedarse sin gobierno, pues este decide trasladarse a otra ciudad, como los ladrones, escapando en la madrugada.
Así arranca la novela más reciente de José Saramago, Ensayo sobre la lucidez (Alfaguara, 2004) obra en la que de nueva cuenta el escritor ejerce con maestría sus dotes de fabulador, creando una alegoría acerca de la responsabilidad ciudadana al ejercer su derecho de elección y la incapacidad de los hombres en el poder para actuar en correspondencia con la voluntad de la sociedad. Lo que en manos de otro autor podría ser un denso ensayo sobre las relaciones de poder, Saramago lo transforma en un relato mordaz que logra mantener la atención de lector gracias a un ritmo que se sostiene por un sentido del humor constante, la ironía y la capacidad del narrador para detener la mirada en los detalles que revelan el pulso de una ciudad, con unas cuantas palabras sencillas consigue elaborar un cuadro con el que, además de hacer avanzar la acción, ofrece un paisaje en que las opciones de interpretación se multiplican, por ejemplo: "Las luces comenzaron a apagarse cuando el último camión de la tropa y la última furgoneta de la policía salieron de la ciudad. Uno tras otro, como quien se despide, fueron desapareciendo los veintisiete brazos de la estrella, quedando sólo el dibujo impreciso de las calles desiertas y la escasa iluminación pública que nadie pensó en devolver a la normalidad de todas las noches pasadas. Sabremos hasta qué punto la ciudad está viva cuando los negrores intensos del cielo comiencen a disolverse en la lenta marea de profundo azul que una buena visión ya es capaz de distinguir subiendo del horizonte, entonces se verá si los hombres y las mujeres que habitan los pisos de esos edificios salen hacia su trabajo, si los primeros autobuses recogen a los primeros pasajeros, si los vagones del metro atruenan velozmente los túneles, si las tiendas abren sus puertas y suben las persianas, si los periódicos llegan a los quioscos".
Saramago cuenta no sólo con la habilidad literaria de un sentido del humor aguzado, además dispone de una técnica que le permite desarrollar la historia a partir de una situación extrema, esa es una de las constante en su obra novelística, inicia sus textos con situaciones límites de las que pareciera imposible mantener la tensión a lo largo de varias páginas, así ocurre, por ejemplo, con la separación de Portugal de Europa en La balsa de piedra, el descubrimiento del otro en El hombre duplicado, el cambio histórico radical debido a una palabra en Historia del cerco de Lisboa, o la perdida de la visión que sufre una ciudad entera en Ensayo sobre la ceguera (cuyos personas principales aparecen de nueva cuenta en esta novela), la forma en que lo hace en Ensayo sobre la lucidez es a través de reducir gradualmente el foco de atención, lo que inicia con la historia de una ciudad en rebeldía se torna el relato sobre la dignidad de un personaje, manteniendo la alegoría propuesta desde el principio; lo que era una pieza coral la va transformando en la actuación solista del comisario del policía.
Este ir centrando la atención de la historia de la decisión colectiva a la búsqueda del comisario de policía es empleado por Saramago para establecer un nexo entre dignidad y congruencia, como a través de la lucidez se pueden alcanzar y/o defender, ya un solo hombre o miles de ciudadanos, relacionando así el destino de un personaje con el de la ciudad, así logra mantener arriba la tensión de la historia durante más de 400 páginas.
La intención del voto en blanco colectivo no es derribar el sistema y tomar el poder, sino producto de la desilusión "si votaron como votaron era porque estaban desilusionados y no encontraban otra manera de expresar de expresar de una vez por todas hasta dónde llegaba la desilusión, que podrían haber hecho una revolución, pero seguramente moriría mucha gente, y no querían eso", mientras que las decisiones que toma el comisario de la policía son resultado de una reflexión acerca del compromiso individual, el personaje se plantea que "Nacemos, y en ese momento es como si hubiéramos firmado un pacto para toda la vida, pero puede llegar el día en que nos preguntemos Quién ha firmado esto por mí", al protagonista de la segunda parte de la novela se le revela esta frase justo cuando cumple con la misión de trastocar la realidad, como miembro del establishment se le encomienda respaldar con información la idea de que el voto blanco es un complot, y él se rebela para apreciar la decisión de los votantes como una manifestación de lucidez.
Ningún hombre es una isla, obliga a reflexionar la liga entre el destino colectivo y la toma de decisión individual, ningún hombre es una isla y lo que haga, por mínimo que sea, afectará a los otros. En Ensayo sobre la lucidez el lector encontrará al mejor Saramago, el autor que se atreve a ser un moralista imaginativo, uno que sin dejar de poner el dedo en la llaga, augura un destino mejor si la sociedad civil se organiza; un libro que vale la pena leer porque la capacidad fabuladora de Saramago invita a la reflexión.
Rating:  Summary: A first-rate addition to Saramago's works Review: I hated to see the remaining pages of "Essay on Lucidity" dwindle, so much did I enjoy reading every word of Saramago's latest novel. This is a first-rate addition to the upper tier of Saramago's works.
In the Nov. 8, 2004, issue of "The American Conservative" magazine, the managing editor, Kara Hopkins, advocated not voting in the pending presidential election. "Silence is a profound expression," she argued, "and enough unraised voices eventually turn even the most partisan heads." "Elections," she contended, "maintain the illusion of opposing parties exchanging ideas rather than political animals competing for power. Selling voting as the ultimate expression of citizenship . . . legitimizes the process that keeps them in control and makes the public docile by enforcing the notion that we rule ourselves."
It is as if she read Saramago's mind, or vice-versa. In "Essay on Lucidity," some 70 percent of the residents of the capital of an unnamed country (presumably European, but, Saramago announces sardonically, not Portugal) turn in blank ballots in an election, refusing to vote for the Party of the Right, the Party of the Center, or the Party of the Left. The government, dominated by unsavory and unprincipled authoritarians, is horrified that the façade of democracy has broken down and orders the election to be reheld. But the percentage of blank votes is higher than before.
The government's reaction, though often fumbling, is vicious and lethal. It uses various Orwellian techniques and, as it deems necessary, violence to punish the capital's residents and try to return them to the fold. Saramago narrates events at a languid pace, sometimes using his long commentaries disarmingly to hide some horror that may be announced in a single sentence at the end of an anodyne, soothing paragraph.
This is a fable. It is not intended to be entirely realistic, and the reader must suspend disbelief at times. In the real world, a European country that took Draconian measures against its citizens for refusing to vote would be subject to various external sanctions and pressures and would have to back down. From 1993-1997 Canada tolerated having as its official opposition the Bloc Québécois, whose goal is to dissolve the country. But Saramago is so masterly a writer that he makes the implausible possible. The reader does soon ask, "Why would any government that observes the forms of democracy behave this way?" A plot twist that appears in the middle of the novel provides an answer. I've already seen too many reviews give it away, and I'm not going to follow suit.
In "Essay on Lucidity," Saramago continues his dance with the Portuguese language in ways that are charming. Even more than in "The Cave," his characters speak a Portuguese that is so formal as to exceed the tone of much formal writing. If anyone spoke this way in Brazil, he or she either would not be understood or would be regarded as mannered and pompous. That would probably also be true even in the most educated circles of Portuguese society. But Saramago's use of the King's Portuguese doesn't come across as pretentious; rather, it's a celebration of the outer reaches of classic Portuguese. I often think that Saramago's goal is to restore a full-fledged type of Portuguese that is fading, perhaps thanks to an onslaught of televised soap operas and the like. Like Shakespeare, whose facility with language and extraordinary vocabulary altered English forever, Saramago may succeed in elevating Portuguese to a language different from the form that preceded his literary career. That would have to be the supreme achievement of any writer of literature.
Rating:  Summary: Inventando el enemigo Review: Todo comienza cuando en la capital sin nombre de un país cualquiera acostumbrado a escoger entre las vertientes que el proceso democrático occidental denomina derechista, centrista e izquierdista, una aplastante mayoría de los ciudadanos decidió votar en blanco, como una muestra de disconformidad con el régimen político que supuestamente los representa.
El resultado es cuestionado por quienes ocupan el poder, y convocan la celebración de una segunda votación, en la que los ciudadanos reafirman un mayor desencanto popular que en la primera. La cúpula gubernamental sospecha de una conspiración masiva en su contra, organizada por subversivos o anarquistas dispuestos a acabar con la idea de lo que consideran debe ser una democracia.
Un estado de emergencia es declarado, seguido de la formación de una red de espionaje para señalar quiénes habían votado en blanco y descubrir quiénes encabezaban la supuesta conspiración. Al no lograr avanzar en su investigación, el gobierno declara el estado de sitio y abandona la ciudad rebelde, como un castigo a los disidentes capitalinos, que se las ingenian para mantener la ciudad funcionando.
Durante una reunión de ministros, se propone una explicación que, después de un comienzo un tanto lento, hace que la trama adquiera velocidad: se intenta conectar la epidemia de ceguera de cuatro años atrás, con la epidemia del voto en blanco. Saramago ata así esta obra a su anterior, Ensayo sobre la ceguera, en la que solo una mujer quedó con vista.
Con la prensa, casi en su totalidad inclinada en favor del gobierno, se logra inventar al enemigo que no se tiene. Avanzando en la lectura, el lector logra entender que los votos en blanco no son otra cosa que una expresión ciudadana de insatisfacción con el funcionamiento de la democracia.
La primera parte de Ensayo sobre la lucidez avanza con la lentitud de un suero medicinal. Un lector que desconozca a Saramago, sus personajes y lugares sin nombre, y que no esté acostumbrado a la literatura sociopolítica que requiere mente alerta y abierta, puede abandonar la lectura en los primeros capítulos. La flojera inicial de elementos de acción y suspenso, esenciales estímulos para el lector que más que aprender tiene como propósito entretenerse, puede decepcionar a más de uno.
La política como tópico literario puede, y en este caso logra al menos durante las primeras 150 páginas, retardar el desarrollo de la novela. Si el lector regular logra pasar de ahí, cuando el suero exprime sus últimas gotas, proseguirá con la energía y curiosidad suficiente para motivarse a terminar las casi 400 páginas restantes.
En pleno siglo XXI, algo de esta obra me molesta. La mujer, ente imprescindible en las sociedades y gobiernos modernos, no obtiene el rol merecido que Saramago destacara en Ensayo sobre la ceguera. Aquí es relegada a un segundo plano, organizando la limpieza de las calles cuando el gobierno falla en hacerlo o cuando el autor trae de los pelos un final inesperado, necesitando un muerto. En este caso, una muerta.
Algunos críticos han sugerido leer primero Ensayo sobre la ceguera. Estimo que no es necesario. Saramago, a medida que va introduciendo elementos aparecidos en la anterior obra -como la presencia de la mujer que nunca perdió la vista-, se cuida de describirlos someramente.
Esta es una obra diferente y, como tal, debe promoverse.
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